Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena

“Contigo pan y cebolla” proclama el antiguo refrán y lema de los enamorados que se lanzaban a la vida armados sólo con sus mutuas endorfinas, reflejando también el hecho de que, durante la mayor parte de la historia, el acceso a los alimentos fue muy limitado y obtenerlos requería de todos los pensamientos y esfuerzos cotidianos de la mayoría de la población.

Durante miles de años, las plagas y sequías diezmaban a civilizaciones enteras e incluso en años de “prosperidad” la dieta de los humanos se limitaba a aquellas dos o tres cosas que podían obtener en su entorno inmediato. ¿Cómo superamos este problema? Procesando los alimentos. Desde el queso o la cecina hasta los transgénicos, el objetivo es el mismo: modificar las características de la comida para que dure más y sea posible producirla, almacenarla y distribuirla en forma sistemática, aumentando la cantidad disponible y disminuyendo el precio.

Esta fue la misión de la llamada “Revolución Verde” encabezada en el siglo XX por Norman Borlaug, que permitió quintuplicar la productividad de cultivos como el del trigo, salvando las vidas de mil millones de personas. Vale la pena recordarlo a la luz del debate respecto a si la carne procesada es cancerígena y respecto a los transgénicos.

¿Están libres de riesgo? Por supuesto que no; todo avance implica el peligro de cometer errores y así ha sido desde los albores de la humanidad, cuando Chabelo, Adán y Eva buscaban las plantas para la primera ensalada.

Aún así, el desarrollo científico de los alimentos es la única forma de alimentar a la creciente población mundial, pues regresar plenamente a los alimentos orgánicos implica matar de hambre a dos mil millones de personas, dejando a los otros sólo con pan y cebolla, y ninguna de esas opciones suena sabrosa.

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