Domingo, abril 30, 2017
Sin Medias Tintas

Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena

“Contigo pan y cebolla” proclama el antiguo refrán y lema de los enamorados que se lanzaban a la vida armados sólo con sus mutuas endorfinas, reflejando también el hecho de que, durante la mayor parte de la historia, el acceso a los alimentos fue muy limitado y obtenerlos requería de todos los pensamientos y esfuerzos cotidianos de la mayoría de la población.

Durante miles de años, las plagas y sequías diezmaban a civilizaciones enteras e incluso en años de “prosperidad” la dieta de los humanos se limitaba a aquellas dos o tres cosas que podían obtener en su entorno inmediato. ¿Cómo superamos este problema? Procesando los alimentos. Desde el queso o la cecina hasta los transgénicos, el objetivo es el mismo: modificar las características de la comida para que dure más y sea posible producirla, almacenarla y distribuirla en forma sistemática, aumentando la cantidad disponible y disminuyendo el precio.

Esta fue la misión de la llamada “Revolución Verde” encabezada en el siglo XX por Norman Borlaug, que permitió quintuplicar la productividad de cultivos como el del trigo, salvando las vidas de mil millones de personas. Vale la pena recordarlo a la luz del debate respecto a si la carne procesada es cancerígena y respecto a los transgénicos.

¿Están libres de riesgo? Por supuesto que no; todo avance implica el peligro de cometer errores y así ha sido desde los albores de la humanidad, cuando Chabelo, Adán y Eva buscaban las plantas para la primera ensalada.

Aún así, el desarrollo científico de los alimentos es la única forma de alimentar a la creciente población mundial, pues regresar plenamente a los alimentos orgánicos implica matar de hambre a dos mil millones de personas, dejando a los otros sólo con pan y cebolla, y ninguna de esas opciones suena sabrosa.

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Por: Gerardo Enrique Garibay Camarena

El problema con los chistes políticos es que resultan elegidos. El éxito de la campaña de Donald Trump constituye la más reciente comprobación de este refrán norteamericano. Originalmente nadie tomaba en serio sus aspiraciones, menos aun cuando saltó a la palestra armado con un discurso tan grotesco como inverosímil. Todos vaticinamos su fracaso.

Pues todos nos equivocamos. Gracias al radicalismo fantasioso de sus propuestas, Donald no solo brincó al primer lugar de las encuestas, sino que tomó el control del debate preelectoral, para construir un juego nuevo en el que sus competidores no saben cómo reaccionar.

El chascarrillo ha trastocado la risa en preocupación, porque ahora está claro que Trump no actúa simplemente como un bufón delirante, sino que ha tomado ventaja del profundo descrédito de los partidos y de la actividad política tradicional, para ofrecer una opción supuestamente honesta, decidida, entendible y exitosa.

Colando el show, su recetita es una suma de xenofobia, mercantilismo, belicismo y corporativismo alineados en torno a la figura del caudillo. En pocas palabras: Fascismo, una versión modernizada de Mussolini y ya con violencia incluida. Ante los primeros episodios de agresión contra migrantes inspirados en la verborrea de Trump, “el Donald” alegó (antes de disculparse días después) que “sus seguidores son muy apasionados”. No resulta difícil imaginar al Duce, a Primo de Rivera o a Perón firmando una declaración similar.

Por supuesto, la prospectiva de un Estados Unidos fascista se ve improbable, pero igualmente lo parecía en la Italia, la Argentina o la España de principios del siglo XX. El panorama puede transformarse rápidamente y no todos los cambios son positivos.

 Moraleja: aún si lo que tenemos es malo, la alternativa puede ser peor.

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Por: Gerardo Garibay Camarena
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Jaime Rodriguez Calderon, mejor conocido como “el Bronco” fue el gran ganador de la jornada electoral, al obtener el triunfo en la elección para Gobernador del estado de Nuevo León, sin necesidad del respaldo formal de un partido político, por lo que los ojos de la nación estarán puestos en él, pues debemos reconocer que, hoy por hoy; para bien o para mal, es la figura más fuerte de la oposición de cara al 2018.

En un escenario normal dicha posibilidad sería impensable, pero 2018 no es un escenario normal. Por una parte el sistema llega profundamente cuestionado por una parte de la población, lo suficientemente grande para generar inestabilidad, pero lo suficientemente pequeña como para no derrotar a la maquinaria corporativa del PRI.

Al mismo tiempo, la oposición llega hecha pedazos: el PAN sale del 2015 con su peor votación de la era moderna, desdibujado ideológicamente y con liderazgos sin credibilidad. Su única opción parecería ser Margarita Zavala, eso recordando que probablemente ella ni siquiera será panista para el próximo año. El PRD está al borde de la inanición y sus liderazgos son aún más débiles que los del PAN. Del otro lado, AMLO tiene una estructura de gente que sí cree en él, porque el señor tiene coherencia (que sus ideas sean malas es cuento aparte).

Es decir, llegaremos al 2018 con un PRI con la maquinaria suficiente como para moverse “solo” y una oposición de centro sin candidatos viables, mientras que AMLO cierra la pinza desde la izquierda. En este escenario es probable (no seguro, pero sí probable) que opten por un frente ciudadano y, hoy por hoy, el Bronco tiene el nivel de conocimiento y el prestigio para encabezarlo. Falta ver qué pasa en estos meses, porque todo puede cambiar.

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Por: Gerardo Garibay Camarena
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Las redes sociales están desbordadas de memes, noticias –falsas y reales- comentarios o conspiraciones. El hecho es que odiar a Peña Nieto se ha convertido en una especie de rito de iniciación y de requisito indispensable para refrendar la credencial de ciudadano “independiente” ante los ojos de Facebook y Twitter.

Es un odio cada vez más irracional, alimentado a trasmano por los supuestos gurús de la ciudadanía, que en realidad están al servicio de personajes como López Obrador o que, simplemente, han encontrado en la agresión visceral una forma de ganarse el mote de héroes.

Este odio es preocupante no solo por la mala voluntad de sus impulsores, sino, porque nubla, bajo un manto de vituperios y necedades, las verdaderas y muy graves fallas que es necesario reclamarle a Peña Nieto, empezando por el manejo de la deuda y de la política fiscal.

¿Qué Peña es un político muy cuestionable? Por supuesto ¿Qué se ha aprovechado del presupuesto para construir su proyecto político? Ni duda cabe ¿Qué su desempeño en la Presidencia es deficiente? Absolutamente. Hay mucho que criticarle.

Pero, si queremos que el experimento democrático en México tenga, al menos, una pequeña oportunidad de éxito, debemos entender lo que escribió Castillo Peraza “la política no es una lucha de ángeles contra demonios, sino que debe partir del fundamento que nuestro adversario político es un ser humano.”

Estimados, tuiteros y facebookeros: Solo si la información está confirmada y lo que nos indigna es el hecho (no la persona) podemos criticarlo en buena conciencia. En caso contrario, lo que nos mueve no es la vocación ciudadana, sino el odio y la verdad es que de nada sirve odiar a Peña.

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Por: Gerardo Garibay Camarena
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El término aparece cada vez más en artículos, debates y conversaciones. México, señalamos bajo una creciente aura de preocupación, vive bajo una “partidocracia.” Por eso conviene darnos el tiempo de reflexionar sobre qué es lo que implica, más allá de la obvia crítica a los políticos de turno.

Cuando hablamos de este concepto no describimos simplemente un sistema de expresión política a través de los partidos políticos, como el que se lleva a cabo en todas las democracias modernas. La partidocracia consiste en la expansión y corrupción de ese sistema, al grado de que sus liderazgos ya no se toman siquiera la molestia de disimular el hecho de que sólo se sirven a sí mismos.

La partidocracia implica el dominio de la vida pública por parte de las burocracias partidistas, incluso en aquellos espacios que teóricamente están reservados para los “ciudadanos,” desde el IFE (ahora INE) y hasta los consejos consultivos en los tres niveles de gobierno.

La partidocracia asume gremialmente el dominio político, transforma la doctrina en ideología y esta a su vez en mercadotecnia; intercambia favores, valores y candidatos entre sus integrantes, se aleja cada día más no solo de la sociedad, sino incluso de los militantes de base (la centralización del PAN es un ejemplo muy claro) porque su moneda de cambio son las parcelas de poder que negocian entre sí.

La partidocracia transforma sutilmente la república en feudalismo y a los representantes populares en nobles cuasi medievales. El resultado es que los ciudadanos se sienten –con razón- fuera de una dinámica cuyos hilos desconocen y a la que identifican con escándalos de corrupción. En el mejor de los casos este proceso llevará a una crisis institucional; en el peor, a la revolución.

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Por: Redacción PZ Face...

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Ivonne Ortega-mexicoaldiaPor: Gerardo Garibay Camarena
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Bienvenidos al 2015, se fueron las fiestas y llegaron los recibos del predial, sin embargo, hay regalos que permanecen, como el que nos brindó la Secretaria General del CEN del PRI, Ivonne Ortega, cuando proclamó que su partido es: “como el padre que hace lo correcto aunque no sea lo popular” y “como una madre que quiere a todos sus hijos, pero protege al más débil.”

Y le llamo “regalo” a estas declaraciones, porque nos permiten ver con meridiana claridad cuál es el problema de fondo de la política en México: que tanto los grillos profesionales como los ciudadanos asumimos, incluso subconscientemente, la visión de que los políticos son figuras semejantes a nuestros padres y por tanto tienen tanto la obligación de proveernos de una buena calidad de vida como el derecho de usar discrecionalmente los recursos públicos para lograrlo.

Este razonamiento es una herencia del feudalismo medieval y de su primo mexicano –la encomienda. A pesar de 200 años de cháchara democrática, seguimos aferrados a este concepto, incluso a pesar de que la historia nos muestra una y otra vez el hecho de que, poner vida y fe en manos de un ellos, no es buena idea ¿Por qué insistimos? Porque sería maravilloso que fuera cierto y la fantasía es demasiado dulce como para dejarla ir.

Solo tras el baño de sangre de la revolución pudimos dejar atrás el caudillismo y trasladamos la confianza a las instituciones. Ya llegamos al fin de esa segunda etapa. Están agotadas y ahora tenemos dos opciones: regresar a los caudillos de nuestra infancia temprana o madurar por fin y entender que el cambio social solo es libre y exitoso cuando se construye desde la persona hacia la comunidad.

No. Los políticos no son nuestros padres, sino nuestros representantes… lo demás es simple fantasía.

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Por: LOURDES VILLANUEVA ...

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Por: Gerardo Garibay Camarena
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Fue el Estado. Este el clamor que se consolidó tras el ataque contra integrantes de la normal rural de Ayotzinapa a manos del cártel “Guerreros Unidos” y la policía municipal de Iguala. Así lo expresaron los inconformes en la plancha del Zócalo, escrito en letras gigantes, así lo dijeron los legisladores de izquierda desde la tribuna de la Cámara de Diputados, tras una manta en memoria de las múltiples masacres de los últimos años en México.

Fue el Estado, dicen, y el hecho es que la izquierda, a semejanza de un reloj descompuesto –que necesariamente da la hora exacta dos veces al día- tiene razón. Fue el Estado; no porque Peña Nieto sea el culpable, sino porque este caso es consecuencia directa de una pésima colección de políticas públicas, empezando por la supuesta guerra contra el narco -que más parece una autoflagelación que un combate.

Es consecuencia de utilizar a las normales rurales como campos de adoctrinamiento para grupos de choque; es consecuencia del colapso de la procuración de justicia, del imperio de la impunidad y del caciquismo que el Estado mexicano convirtió en auténticos vicios y costumbres.

Entonces, conscientes de que “Fue el Estado” basta un gramo de honestidad intelectual para entender que no debemos darle “más poder al poder” como lo pretende la izquierda, que quiere poner la economía y la sociedad en manos de la misma burocracia a la que acusa de ser una asesina en serie.

No, la solución es justo la contraria, necesitamos un “Estado” más pequeño, más cercano y más eficiente, que se limite a proteger bien los tres derechos fundamentales: vida, libertad y propiedad. Lo demás sale sobrando – y lo hace mal.

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Residencia Oficial de Los Pinos, México DF, 30 de julio de 2005. El Presidente Vicente Fox.
Residencia Oficial de Los Pinos, México DF, 30 de julio de 2005. El Presidente Vicente Fox.
Residencia Oficial de Los Pinos, México DF, 30 de julio de 2005.
El Presidente Vicente Fox.

Por: Gerardo Garibay Camarena
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“Si avanzo, síganme; si me detengo, empújenme; si retrocedo, mátenme” Así lo dijo Vicente Fox en los primeros días de su campaña rumbo a las elecciones del año 2000 y debo reconocer que en ese momento le creí. Debo reconocer que veía en él al salvador de la patria, con un fervor similar al que 6 años después –y desde entonces- muestran los izquierdistas por López Obrador.

Recuerdo aplaudir con entusiasmo sus informes de gobierno y seguir con casi fanatismo sus entrevistas en televisión, especialmente aquella con Lolita de la Vega en Televisión Azteca. Confieso que lloré en la bendita noche de julio del 2000, cuando Ernesto Zedillo anunció el histórico triunfo de Fox y lo hice no tanto por la caída del viejo sistema, sino por la esperanza ciega que tenía puesta en el guanajuatense.

Ahora sí, pensaba, ¡México Ya!, ahora sí viene lo bueno. El resto, a partir del 1 de diciembre del 2000, es la historia del desencanto que comparto con millones de mexicanos: el líder que esperábamos resultó ser un pusilánime; su imagen de fortaleza, una fachada de cartoncillo; sus aires de coherencia, los elevados humos de una veleta. Esperábamos a un revolucionario y obtuvimos un mediocre administrador, que, para colmo, volvió al redil priísta del que originalmente había salido.

Yo, al igual que muchas personas, fui víctima y cómplice del marketing político, ese que, a golpe de sound bites, musiquita y sensiblerías, convierte a Fulano Pérez en la reencarnación de Superman: listo y dispuesto para resolver todos los problemas del país. Ahora el sonsonete comienza una vez más, rumbo al 2015, con nuevos rostros, pero el mismo perverso objetivo. A usted le toca decidir si una vez más creerá. Yo no.

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Chef mexicano de Les Roch...

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Por: Gerardo Garibay Camarena
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¡Es momento de una nueva revolución! ¡Ojalá renaciera Pancho Villa! ¡Tomemos las armas para acabar con la injusticia! Frases semejantes se cuentan por cientos o quizá miles en las páginas de temas políticos en Facebook, generalmente acompañadas por algún meme o diatriba donde simultáneamente se acusa a Peña de ser un inepto y un genio maquiavélico.

Es cierto, el país está mal, los problemas se acumulan y hay muchas cosas por cambiar, pero para hacerlo no necesitamos de bigotones empistolados con una clara fijación freudiana, ni de místicos enamorados de su propio mesianismo. No hacen falta gritos en Dolores, ni los dolorosos gritos de las víctimas alcanzadas por las balas democratizadoras.

Necesitamos empresas y emprendedores, personas valientes que se atrevan no solo a soñar –eso todos lo hacemos- sino a convertir sus sueños en realidad; que diseñen productos y servicios, que ofrezcan calidad y buenos precios, que compitan libremente y alcancen el éxito en la mejor tradición del sano capitalismo: sirviendo a sus clientes, es decir, a todos los demás.

La salvación de México no está en las urnas, está en los estantes, no reside en los partidos, sino en la sociedad,  no depende del presidente –aunque vaya que puede estorbar- sino de los CEOs, de los empresarios, desde el más pequeño comercio hasta la mayor de las industrias. Ustedes deben aceptar el desafío de ser los héroes del nuevo siglo.

Es tiempo de abandonar la adoración de la violencia, porque el odio de nuestro pasado es la semilla del fracaso en el presente nacional. Hagamos una revolución distinta, desde la iniciativa privada, con manos, mente y corazón. Esas victorias personales son las que alimentan la libertad y el desarrollo de toda la sociedad.

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Por: Andrés Navarro TW. ...

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Lopez-Obrador--Armando-Rios-PiterPor: Gerardo Garibay Camarena
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Hace unas semanas, Jesús Ortega, uno de los principales líderes del PRD, acusó a López Obrador de tener una visión “intolerante, populista, demagógica, anacrónica, a veces de un nacionalismo pernicioso.” Tiene toda la razón, el problema es que, de pasada y sin querer queriendo, el guía moral de los chuchos describió de cuerpo entero a toda la clase política mexicana –él mismo incluido-.

Vamos por partes: el PRI ha hecho de esos vicios un auténtico modus vivendi, desde el fascismo hasta el neoliberalismo y el PAN (desesperado por mantener a su agonizante militancia) desde hace unas semanas le ha apostado como su gran tema a una consulta popular sobre el “salario digno al trabajador”, cuya propuesta y lenguaje harían las delicias de Echeverría o, al menos, del propio Obrador. De la izquierda mejor ni hablar, el populismo es el oxígeno mismo que respiran para sobrevivir.

¿Por qué? La respuesta es simple: los políticos venden aquello que la gente está dispuesta a comprar y en México la demagogia sensiblera se cotiza bien, porque la sociedad sigue creyendo que el Presidente de la República tiene las llaves de la felicidad para todos y el único problema es que, por mala onda, no las quiere compartir.

Por eso, a pesar de todo, el PRI sigue siendo el partido más votado a nivel nacional, pues ellos inventaron el aceite mágico y el discurso mareador con el cual, cada elección, volvemos a caer, porque “ahora sí” viene el bueno, pintado de tricolor, azul o amarillo.

La triste verdad es que no, el ungüento no funciona, el político que más ayuda es el que menos estorba y, si no lo entendemos, de nada sirve cambiar de merolico.

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